Un lunes cualquiera, hace tiempo, tuve un día duro. Agotador, complejo, complicado, desconcertante, confuso.

Llevo meses dedicándome a la que siento como mi “misión” en esta maravillosa Vida: el acompañamiento, el trabajo personal, el autoconocimiento. He ido cubriendo “etapas”, milímetro a milímetro, subiendo, bajando, volviendo atrás bastantes veces, y he llegado muy lejos. En ese camino he tenido momentos para todos los gustos, y recuerdo con especial intensidad haberme sentido perdido y asustado.

Ese lunes, por esas maravillas que tiene esta Vida, cerré otra de esas etapas. La verdad es que no tengo especial interés en saber qué “lugar” concreto ocupa, porque sí SÉ cuál es su envergadura. Enorme.

Cuando se quiere profundamente -o infinitamente mejor, cuando se ama- a alguien, si algo empieza a no ir bien -en cualquier tipo de relación-, uno busca el equilibrio: ¿hasta dónde debe llegar mi Amor? Eso del “Amor Verdadero”, ¿significa dar y no recibir? ¿O dar mucho y recibir poco? ¿Qué es lo justo, lo equilibrado, lo armónico?

Había buscado ese “punto”, durante semanas, y por fin lo encontré. Como no podía ser de otra forma, dejando de pensar con la mente, preguntando con el corazón, y dejando que llegara la respuesta.

Lo he tenido delante todo el tiempo: recordar que es imposible amar a otra persona si no empiezo por mí mismo, que el respeto y el cariño hacia el otro -imprescindibles en el Amor- vienen del respeto y el cariño hacia mí mismo. Si no tienes algo, no puedes dárselo a nadie, porque no está ahí.

Y yo debía aprender algo tan sencillo que (casi) me sorprende no haberlo visto antes: respeto hacia mí mismo.

En esta experiencia tan maravillosa que viví, ese respeto implicaba ser consciente del trato que yo debía dispensar a la otra persona, en todo momento, y del trato que la otra persona debía dispensarme a mí, en todo momento. No lo hicimos.

¿Podríamos haberlo reconducido? Rotundamente, sí.

Ahora, para reconducir cualquier situación, son necesarias dos cosas, que pueden parecer obvias: una, desear hacerlo, no sólo de palabra; y otra, construir desde el Amor, sin reproches, sin enfados, siendo conscientes de todo lo ocurrido, usando los errores como lección aprendida, y mirando hacia adelante. Nada puede nutrirse si el pasado no se asimila, si crea resentimiento. Como éramos -somos- libres, me tocaba hacer el duelo, por la pérdida de alguien absolutamente maravilloso. Lo mejor: que se sale adelante, después del dolor y de la tristeza, y que uno se hace más fuerte, se vuelve más lúcido.

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