Ayer viajé a una ciudad del Norte, unida con Madrid por un tren que emplea muy poco tiempo en cubrir la distancia que hay entre las dos.

Ya hace unos meses, a mediados del año pasado, me planteé un “cambio de aires”, para poder disfrutar del ritmo de vida de una capital más pequeña, y para seguir vieniendo a Madrid, a trabajar y a disfrutar de mis personas especiales.

Ya conocía la ciudad que acabo de visitar, aunque en esta ocasión me acompañó alguien a quien no había tenido el placer de conocer en persona. Hubo magia. Me llevará tiempo digerir lo que sentí, porque pasamos un día compartiendo vivencias profundas, con la sensación, muy nítida, de que era algo que sencillamente tenía que ocurrir.

Ha sido mucho más que sentirse acogido, bienvenido: ha sido la forja de una Amistad -con “A” mayúscula-, de una forma tan intensa, tan brutal -palabra elegida por los dos para describirlo-, que me ha dejado sin palabras.

No sé si decidiré marcharme a vivir a la ciudad de mi nueva amiga, pero sí SÉ que ahora hay en mi Vida un espacio singular; en un lugar ya conocido superficialmente, y que ahora significa muchas más cosas que antes.

Siento un agradecimiento muy grande. Ha sido un compartir experiencias, increíblemente -sólo en apariencia- similares. Y, sobre todo, ante todo, ha sido un homenaje a nuestra forma de vivir nuestra Vida. Han sido -hemos sido- dos personas relatando cómo, a pesar del dolor, a pesar del sufrimiento, nos hemos instalado en el Amor. Hacia nosotros mismos, hacia aquellos a quienes amamos, hacia la misma Vida.

Bendita Amistad.

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