Recorrí los meses finales de este bendito año de 2018 sintiendo cómo el Alma me pedía retirarme de ciertas cosas. Al principio no supe por qué, ni para qué, ni a dónde … Hasta que empecé a sentirlo: debía ir hacia MÍ.

Ya había conseguido confiar, capear tormentas, especialmente la del verano, en la que se hizo un silencio tan absoluto que resultó atronador; tres temas enormes, al unísono: el trabajo, mi hogar, la pareja. Todo parado, ninguna indicación.

Y llegó el último mes, diciembre. Sabiendo que ese retiro en mí mismo me estaba sumergiendo en un vacío absoluto, una «nada» que supe que en realidad era TODO. Por fin, ya estaba aquí esa parada tan importante en el camino de todos nosotros, en el mío propio.

Y, en mitad de esa nada, la Vida habló:

«has sembrado, has dado, tu corazón está abierto, mi amado; recoge ahora los frutos de tu cosecha.

Comienza tu andadura, inicia tu camino nuevo, que es el mismo de antes, solo que ahora lo harás acompañado, desde el último día de este año que se cierra hoy. Descubrirás la gloria de recibir por lo que has dado».

Mi Alma, en Paz.

Y un sentimiento inmenso de gratitud.

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