No, no es fácil, ni mucho menos.

Es estar sentado frente a un montón de cosas, que sabemos que siempre han estado ahí, en nuestra vida, y que nunca hemos querido ver, ni mirar. Es notar cómo se mueven, y verlas, mirarlas, por fin, de frente, y poner un nombre a cada una.

Es decidir dejar de negar que tenemos miedos. Sí, nosotros, no sólo “los demás”. La excusa de siempre: todo lo “malo” le pasa exclusivamente a “los demás”, nunca a nosotros mismos.

Es buscar un método para aprender a convivir con cada uno de esos miedos, y es empezar a usarlo.

Es comprobar qué método funciona, y qué método hay que sustituir por otro.

Y es darse cuenta, después de dar todos estos pasos, de que todos forman parte de un camino que no acaba nunca en ninguna meta. No nos vamos a levantar un día de la cama con un certificado que diga que ya lo sabemos todo, que ya no hay nada más que aprender.

Porque la Vida -con “V” mayúscula- es un camino permanente: de atención a nosotros mismos, de descubrir que TODO parte de nuestro reconocimiento hacia nosotros mismos, de empezar a creer -con el corazón, no porque lo escriba alguien en algún blog- que nosotros somos la persona más importante de nuestra Vida.

Y porque ese truco que nos ha funcionado tantas veces -culpar de todo a “los demás”- dejará de funcionar mucho antes de lo que puedas imaginar.

En efecto, eso del “desarrollo personal”, del “conocimiento de uno mismo” es muy difícil. Muy difícil, pero absolutamente innegociable, absolutamente imprescindible.

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