Todos nos hemos preguntado, con mayor o menor frecuencia, por qué todo parece indicar que no aprendemos las lecciones importantes si no nos llegan en forma de “palos”.

Hace tan sólo unos días le mencionaba a mi pareja que llega un punto en la Vida en el que hemos sido capaces de aprender lo suficiente como para no necesitar ninguno de esos “palos”; “a partir de ese punto ya no hacen falta, ya podemos aprender de una manera suave, fluida …”, recuerdo haber comentado.

Y, como siempre, la Vida, el maravilloso juego en el que participamos todos, se presenta para recordarme que “no exactamente, querido, te has quedado cerca, pero a ti aún te faltan un par de revolcones”. ¡Menudo par!

He pasado unos días con una tormentita muy llamativa por dentro: con miedos que estaban -parecían estar- muy tranquilos, desde hacía bastante, con apegos que han salido del dormitorio -donde parecían dormir plácidamente- para presentarse en voz bien alta y volver a saludarme …

PERO -todo en mayúsculas- entonces ha ocurrido lo que debía ocurrir: me he recordado a mí mismo quién soy, me he recordado que no soy mis emociones, ni mis miedos, ni mis apegos -aunque sean parte de ese señor de nombre “Arturo”-, me he recordado que soy Amor.

Recordarlo ha sido el billete de vuelta a la Paz. Verlo TODO desde el corazón, comprender. Y actuar desde el corazón.

No hay más, es así de sencillo (y de complicado, según gestiones tus miedos y tus emociones “negativas”). Siempre vuelvo a esa reflexión que viaja conmigo las 24 horas de cada día: “si piensas con el corazón, si haces todo desde ahí, aciertas siempre”

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